viernes, 17 de noviembre de 2017

haiku


cómo refresca
el camino del agua
entre pamplinas


jueves, 2 de noviembre de 2017

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La mantis religiosa


Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm. de mis ojos.
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas, confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.

Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre, pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido a un macho vacío.
La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así: el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando a la hembra y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta y dispuesta.

Duradero es el coito de las mantis. En el beso ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido, que va licuándole los órganos y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo, y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula a la muerte.Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.

Las enciclopedias no conjeturan. Ésta tampoco supone qué última palabra queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra de agradecimiento.

El  huso de la palabra, José Watanabe.


lunes, 25 de septiembre de 2017

secano rabioso



Recorrió el lugar con la mirada. 
Levantó su dedo al cielo de lumbre 
en busca de una brisa que no encontró 
y decidió buscar refugio 
a la  sombra de aquel casumbo en  ruinas 
que aún conservaba su orgullo de piedra en pie 
sobre aquella calentura de horizonte.

martes, 22 de agosto de 2017

Nostalgia de los trigales






 Nostalgia de los trigales.
Los últimos rayos de sol
dorando la rastrojera.
Renacen en mi memoria
los ecos perdidos
de las esquilas.
Siluetas que rompen
el horizonte.
¡Qué buen careo
tiene el rebaño!
¿Traerán lluvia los nubarrones?




lunes, 7 de agosto de 2017

Luminosa mañana.


- Otro año más que recoges  el fruto a tu melocotonero,  padre. No te quejes. Date prisa y no los tientes tanto que nos va a dar San Bartolo y no hemos acabao.


-Déjame que saboree el momento, hijo. A ti también se te acabarán las prisas algún día.
Si ella los pudiera ver!

-Nos está viendo, padre;  nunca nos quita ojo.


- Ni se te ocurra subirte a la escalera. Anda, siéntate un ratino a la sombra de la parra y descansa un poco.

-¡Vaya cosecha! Los mejores ponlos los cimeros en las cajas. Para la foto, digo.


-¿Y ahora qué?  ¿mermelada, en almíbar, orejones?

- Estos los meto en el Renault 4 y mañana martes los estoy vendiendo a los paisanos en el mercado de Bermeo, que los tengo tupíos de queso, chorizos y aceitunas.

-¡Sí, ya quisieras tú!

- Bai ¡Qué tiempos aquellos!  Los tocaos para los guarros de Israel y ponme unos cuantos de los más bonitos en esa cuba que se los voy a llevar a Goya, la vecina. 




-Hoy ya no como.
-Ya; Y te pierdes la sesión de gimnasia con Nazaret en la resi. 

sábado, 25 de marzo de 2017

Ya no nieva como antaño.

 
 
 

 
LECCIÓN DE PÁJAROS
Nevaba cinco o seis veces al año. Pero era de verdad, y los prados, las casas y los árboles amanecían cubiertos del color blanco que cegaba a los caballos. Éstos rompían con sus cascos la nieve, en busca de un poco de hierba sepultada, o golpeaban con el hocico las ramas, y morían después de comer las hojas de los tejos. Los pájaros, hambrientos, les despedían con un réquiem muy delgado.
Veíamos el vuelo desorientado de los petirrojos y tordos, hasta que descubrían la abertura de la vivienda. Entraban en aquel túnel y caían a un desierto de oro: el suelo del desván cubierto de mazorcas de maíz.
Algunas aves llegaban sin energía para comer los granos sobre los que enseguida se desplomaban. Yo, niño pequeño, apretaba con fuerza sus bultos para fundir los hielos de la muerte, y descendía rápidamente a la habitación donde una cocina de leña caldeaba los cuerpos de mi familia. Colocaba los pájaros cerca del horno. Ardían unos troncos de manzanos y cerezos sobre los que esos pájaros cantaron el verano anterior. Los árboles cortados por el hacha de mi padre agradecían con el calor los cantos que aliviaron su vejez.
Esta fue la primera enseñanza. Vi pronto la sombra, aunque blanca, y el vuelo frágil que quería esquivarla.
 
F. Javier Irazoki.
(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

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