lunes, 7 de agosto de 2017

Luminosa mañana.


- Otro año más que recoges  el fruto a tu melocotonero,  padre. No te quejes. Date prisa y no los tientes tanto que nos va a dar San Bartolo y no hemos acabao.


-Déjame que saboree el momento, hijo. A ti también se te acabarán las prisas algún día.
Si ella los pudiera ver!

-Nos está viendo, padre;  nunca nos quita ojo.


- Ni se te ocurra subirte a la escalera. Anda, siéntate un ratino a la sombra de la parra y descansa un poco.

-¡Vaya cosecha! Los mejores ponlos los cimeros en las cajas. Para la foto, digo.


-¿Y ahora qué?  ¿mermelada, en almíbar, orejones?

- Estos los meto en el Renault 4 y mañana martes los estoy vendiendo a los paisanos en el mercado de Bermeo, que los tengo tupíos de queso, chorizos y aceitunas.

-¡Sí, ya quisieras tú!

- Bai ¡Qué tiempos aquellos!  Los tocaos para los guarros de Israel y ponme unos cuantos de los más bonitos en esa cuba que se los voy a llevar a Goya, la vecina. 




-Hoy ya no como.
-Ya; Y te pierdes la sesión de gimnasia con Nazaret en la resi. 

sábado, 25 de marzo de 2017

Ya no nieva como antaño.

 
 
 

 
LECCIÓN DE PÁJAROS
Nevaba cinco o seis veces al año. Pero era de verdad, y los prados, las casas y los árboles amanecían cubiertos del color blanco que cegaba a los caballos. Éstos rompían con sus cascos la nieve, en busca de un poco de hierba sepultada, o golpeaban con el hocico las ramas, y morían después de comer las hojas de los tejos. Los pájaros, hambrientos, les despedían con un réquiem muy delgado.
Veíamos el vuelo desorientado de los petirrojos y tordos, hasta que descubrían la abertura de la vivienda. Entraban en aquel túnel y caían a un desierto de oro: el suelo del desván cubierto de mazorcas de maíz.
Algunas aves llegaban sin energía para comer los granos sobre los que enseguida se desplomaban. Yo, niño pequeño, apretaba con fuerza sus bultos para fundir los hielos de la muerte, y descendía rápidamente a la habitación donde una cocina de leña caldeaba los cuerpos de mi familia. Colocaba los pájaros cerca del horno. Ardían unos troncos de manzanos y cerezos sobre los que esos pájaros cantaron el verano anterior. Los árboles cortados por el hacha de mi padre agradecían con el calor los cantos que aliviaron su vejez.
Esta fue la primera enseñanza. Vi pronto la sombra, aunque blanca, y el vuelo frágil que quería esquivarla.
 
F. Javier Irazoki.
(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

viernes, 24 de febrero de 2017

Coplas de Carnaval

COPLAS DE CARNAVAL EN ALDEACENTENERA
 
      Es tiempo de carnestolendas. Los mozos y mozas rebuscan en los baúles. Los jurramachos pronto están preparados. Los sencillos y coloridos disfraces de carnaval  se darán de la mano con las chambras, las polleras y los refajos. La alegría y el jolgorio de las cuadrillas espantará las penas y  desencuentros de todo el pueblo aldeano.
       Aldeacentenera  es rica en folklore carnavalero. Aquí dejo a la posteridad, liberada del olvido, una recopilación de nuestras coplas de Carnaval. Son hermosas, como nuestros trajes de jurramacho. Se cantaban en las cañadas, callejas y plazas aldeanas acompañadas de la sonoridad de panderos, almireces y sonajas. Los mozos bailaban estas jotas. Tiempo de diversión. Música y letras con pinceladas de burla sana y siempre bien encajada.
    Forman parte del mismo cuerpo.Tienen todas ellas la misma tonalidad. Pero el cancionero de carnaval es más rico que todo ello. La recopilación es incompleta aunque hay más material en el archivo; por poner un ejemplo todas aquellas otras coplas hermanadas en su toná con esta nuestra famosa:
 
Una sartén sin rabo
me dio mi suegra
Cada vez que reñimos
la sartén suena . 
Ni por la mar, ni por la arena
ni por la mar dejaré a mi morena.
 
   Este es otro cantar y os haré participes del mismo en carnavales venideros si por bien es. Ahora toca compartir este primer capítulo y disfrutar el Carnaval sin dejarnos espantar por la vaca manta o las pantarullas que también andarán sueltas.
Bailad, bailad, muchachitas que se pasa el Carnaval.

        Agradezco a nuestros mayores el esfuerzo por recuperarlas desde un rincón casi escondido de su memoria. Sé muy bien que mientras lo hacíamos pasamos un buen rato. Os recuerdo; a todos. Gracias.
 

PARTE I
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
 


 
 
 

 
 

 
 
 
 

viernes, 17 de febrero de 2017

Viajar.

 
 
VIAJAR

Dicen que un viajero sin capacidad de observación es como un pájaro sin alas.
También dicen que dentro de veinte años estarás más decepcionado de las cosas que no hiciste que de las que hiciste. Así que desata amarras y navega alejándote de los puertos conocidos. Aprovecha los vientos alisios en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.
Comentan que viajar es una brutalidad. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal.
Hay quien asegura que viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente.
 
 

En algún lugar leí que todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe. 
Extasiado y pequeño ante la belleza de un paisaje desconocido escuchaste una voz sabia que decía :“Cuando salgamos del enfrascamiento de nuestro propio ego y escapemos como ardillas de la jaula  para volver nuevamente al bosque, temblaremos de frío y de miedo. Entonces nos pasarán cosas que harán que no sepamos quiénes somos. La vida, fresca y reveladora, se nos adentrará”.
Y al regresar de tu viaje comprobaste que nadie se da cuenta de lo hermoso que es viajar hasta que vuelve a casa y descansa sobre su almohada vieja y conocida.
 
El viaje. Mirador y playa de Torimbia (Asturias) 11 de febrero de 2017.
 


domingo, 5 de febrero de 2017

Donde la mirada descansa

 
Cuando vuelven las cigüeñas
Si, como decía María Zambrano, Extremadura es la tierra del silencio, tal vez la ciudad del silencio sea la parte antigua de Cáceres, declarada patrimonio mundial en 1986. Hay aquí una especie de recogimiento, de soledad, una forma de meditación. Por eso, uno prefiere pasear por ella al atardecer, siguiendo el rastro de las cigüeñas que regresan, viendo la luz que, cuando empieza a derrumbarse por Portugal, se torna dorada y rojiza como el resplandor de una hoguera.
Al llegar al paseo modernista de Cánovas, uno recuerda hasta qué punto Cáceres es una ciudad de la gente hecha para ser vivida a cualquier hora. Cánovas tiene un olor a jardín burgués y a flor de acacias, y es un rincón que cada crepúsculo muestra el color primaveral de una caña de cerveza. Hasta la Plaza Mayor, uno sigue paso a paso el hilo de Ariadna de nuestra época: el comercio. Pero el comercio aquí se deja seducir por los caserones decimonónicos, por los miradores y los ventanales. En San Juan todo se vuelve elegante y un poco mundano, como un turista fino, con ese erotismo de los hoteles, los restaurantes, las taperías y las tabernas. El Cáceres del XIX es un pueblo impresionista, castizo y aristocrático. Una calleja te lleva al hambre de la posguerra, otra al esplendor de la modernidad y sus movidas.
 
Mundos que se juntan todos en la Plaza Mayor como un juego de mestizajes culturales. La plaza aún conserva el recuerdo del mercado que fue y todo lo que se vive en ella año tras año: el WOMAD y sus músicas étnicas, las procesiones de Semana Santa, las noches de verano y sus terrazas junto a los soportales, mientras uno ve los movimientos de la luna sobre la muralla y los palacios renacentistas, y degusta la torta del Casar, la perdiz al modo de Alcántara, el mojo de tencas de Brozas y acompaña el biscuit de higos con un tinto de la tierra. Una gastronomía en la que se funde lo pastoril, lo tradicional y el refinamiento de los monasterios, algunos de cuyos platos serían llevados por las tropas francesas a las mesas de París.
 
Puertas y rumores
Entrar en la ciudad vieja es algo más que entrar en un espacio físico, es un salto en el tiempo. No hay sobre ella una sola mirada. Las puertas del Arco de la Estrella o de Santa Ana son las más evidentes. Pero uno puede bajar hasta la iglesia de Santiago, recorrer toda la calle de Caleros y entrar por la romana Puerta del Río. Este es el sitio por el que, durante años, en mis paseos, yo he entrado en esta ciudad. Se oye el rumor del agua, se ven las huertas y los cañizales, se huele el té moruno de Los Siete Jardines. Después se sube por la Cuesta del Marqués con esa imagen de Cristo en lo alto del arco, las calles hacia la judería y la Casa-Museo Árabe, y se comprueba que toda nuestra civilización cabe en unos cientos de metros de empedrado.


Decía De Vigny que cuando vemos lo que es el hombre y la vida nos damos cuenta de que lo único grande es el silencio. La plaza de San Jorge, los Golfines de Abajo o la plaza de Santa María son tres poemas escritos con la arquitectura del silencio. Sus estéticas señalan una moral: que la belleza es el lugar donde la mirada descansa. Como ocurre al entrar en el Jardín de Ulloa, tan íntimo y sosegado. Al detenerse ante el gótico del palacio de los Solís, con ese escudo donde hay un sol con rostro humano y sus rayos mordidos por las furias. Al desviarse hacia la geometría de ladrillo de la Casa Mudéjar, hacia la hiedra de la Torre de Sande y llegar hasta la plaza de San Mateo. Es decir, que, después de las guerras, los odios y las sangres que por aquí se vertieron, hoy estos rincones nos enseñan que solo el arte perdura porque a veces nos acerca a la medida de nosotros mismos.
 
Con frecuencia, por la mañana temprano, la plaza de San Mateo huele a tocinillo de cielo, a cortaditos de cidra, a yemas, a mantecados, a corazones de almendra, la repostería que sale del horno de las hermanas clarisas en el convento de San Pablo. No se entendería bien la dimensión de toda esta belleza si no se entendiera esa labor humilde y exquisita de los dulces de los conventos cacereños. Porque en Cáceres la belleza empieza por el paladar.
Hay ciudades llenas de puntos de fuga. Los puntos de fuga en Cáceres hacen que, desde la ventana o el mirador de un palacio, lo que veamos no sean campos o sierras, sino cuadros; es decir, obras de arte. Eso ocurre de forma muy profunda cuando estamos en la plaza de las Veletas, cuando bajamos por los corredores hasta el aljibe. Cuando recorremos los adarves, cuando nos subimos a una torre y sentimos la inmensidad de la llanura como un lienzo pintado por un impresionista.
 Hay demasiada vitalidad en esta tierra como para no sentirse contagiado por ella. Las calles de Cáceres empiezan en el pasado y terminan en el futuro, por eso son vividas con entusiasmo. Parafraseando a Borges, uno puede decir que, después de tantos años de pasearla, de vivirla y de pensarla, la belleza es frecuente aquí, y no pasa un día en que no veamos algún signo que nos acerca un poco más a su secreto.
 
 
Diego Doncel (Malpartida de Cáceres, 1964) utiliza su voz poética para trazar una postal que pretende atraer a viajeros hasta la ciudad. El silencio de la parte antigua es el argumento que recorre el artículo galardonado con el premio de periodismo de la Fundación Mercedes Calles-Carlos Ballestero. 'Cuando vuelven las cigüeñas' fue publicado el pasado 25 de noviembre en el suplemento 'El Viajero' de El País. Visual y lírico, ofrece una instantánea que tiene mucho que ver con lo sensitivo y con su experiencia personal. Salpican el artículo citas y referencias que hablan de la enorme cultura del autor. María Zambrano, De Vigny o Borges asoman en un texto lleno de vida, en el que puede escucharse el aliento del escritor subiendo y bajando por las callejuelas de Cáceres. Doncel es una de las voces imprescindibles de las letras extremeñas. Poeta y narrador, cuenta con premios como el Adonais, que recibió en 1990 por 'El único umbral', o el Premio Café Gijón, en 2012, por 'Amantes en el tiempo de la infamia'. Su última obra publicada es poesía 'El fin del mundo en las televisiones' (Visor) y actualmente su faceta creativa se la dedica a la novela. Es profesor de Lengua y Literatura en un Instituto madrileño. El próximo jueves recogerá este galardón en el corazón mismo de la Parte Antigua.


jueves, 2 de febrero de 2017

Continente contenido

  
      Procura que no conozca tu escondite. Tú ya no estás para estos trotes. Guárdate de mostrarle tu guarida. Porque no pasará jamás de largo.
     Y cuando pienses que por fin desprevenido llegas a casa,  susurrará en tu oído las penas que le aquejan, a la cola del supermercado. Se aliviará de carga ante la caja registradora. Tú serás quien pague.
     Y cuando te creas por fin seguro en tu agujero, desgarrando el pan de cada día, se sentará a la mesa. Te quedará sin hambre y sin mendrugo. Ya sabe el camión de la basura dónde descargar su contenido,  vaciarse de inmundicia y pestilencia.
     Porque no todo lo que pasa está en tus manos. Guárdate de mostrarle tu guarida. No conviertas tu vida en escombrera.
 

 


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